La cultura del sacrificio permanente
¿Por qué el bienestar ajeno se volvió sospechoso y el sufrimiento, una credencial moral? Tengo una vida cómoda. Fui cuidada. Mi familia está viva. No pasé hambre. No crecí en la intemperie emocional ni material. Sé que eso es un privilegio. Lo que no entiendo es desde cuándo reconocerlo implica justificar mi existencia o vivir con culpa. En algún punto, el discurso público empezó a deslizar una idea inquietante: que una vida cuidada es sospechosa, que el bienestar necesita explicarse, que la comodidad deslegitima la experiencia. Como si no haber sufrido de cierta manera te volviera menos lúcido, menos válido, menos autorizado para hablar de la vida. No estoy negando la desigualdad. No estoy diciendo que el privilegio no exista ni que no importe. Existe, importa y estructura el mundo. Lo que cuestiono es otra cosa. Cuestiono el salto —rápido, emocional y poco pensado— que convierte el bienestar en una falta moral. La idea de que vivir mejor es, por definición, una deuda. Ahí es donde al...

