La fantasía de la IA no es tecnológica, es desaparecer del proceso.
Hay un tipo de post que he visto mucho en internet últimamente. Cambia el autor, cambia el tono, cambia si está escrito con entusiasmo, con un poco de cansancio existencial o muchísima esperanza, pero la idea es siempre la misma: "No puedo esperar el momento en que la inteligencia artificial haga (inserte aquí cualquier proceso o actividad que quien crea el post no desea hacer o saber) para poder dedicar mi tiempo a cosas más importantes." Y lo entiendo. De verdad que lo entiendo. Pero hay algo en esa frase que no me termina de cerrar, y llevo un buen rato dándole vueltas porque siento que el error no está en querer que la IA nos ayude, sino en lo que entendemos por ayudar.
Cuando alguien dice que quiere que la IA le ayude a hacer cierta actividad que le disgusta, lo que en realidad está describiendo no es eficiencia sino delegación total. Y eso es una distinción importante, porque las dos cosas suenan parecido pero apuntan a lugares completamente distintos. La eficiencia implica que seguimos ahí, que seguimos siendo parte del proceso, solo que el proceso ahora toma menos tiempo o menos energía o menos pasos. La delegación total implica que nos vamos, que el proceso ocurre sin nosotros, que la responsabilidad se transfiere. Y esa segunda opción es, hasta donde entiendo cómo funciona esto, básicamente imposible, no porque la tecnología no haya avanzado lo suficiente, sino porque hay algo en la naturaleza de los procesos humanos que por definición requiere un humano, y ese algo no es negociable.
Imaginemos que todos somos dueños de un lavavajillas. Eso ya es tecnología que eficientiza el proceso de lavar platos, y nadie lo discute, nadie siente que el lavavajillas le está quitando algo. Pero el lavavajillas tampoco lava los platos en el sentido absoluto: hay que cargarlos, añadir el jabón, seleccionar el programa, vaciarlo cuando termina, y si algo sale mal, alguien tiene que decidir qué hacer. Hace la parte más larga y más tediosa, pero seguimos siendo nosotros quienes llevamos el proceso. Eso es exactamente lo que hace la IA, solo que en lugar de platos y agua caliente, trabaja con información, con opciones, con estructuras, con datos.
Ahí está el malentendido fundamental.
Hay dos grupos de personas frente a la IA en este momento, y es curioso porque parecen opuestos pero en realidad comparten el mismo error de base. Están las personas que le tienen miedo, que sienten que la IA viene a quitarles algo, a borrar sus procesos, a volverlas irrelevantes, y están las personas que están eufóricas, que sienten que la IA viene a resolverles todo, a liberarlas, a hacer el trabajo por ellas para que puedan dedicarse a cosas más elevadas. Los dos grupos están imaginando una versión de la IA que no existe: la que toma decisiones sola, la que asume responsabilidades sola, la que puede hacer el proceso sin que nadie lo supervise ni esté ahí cuando algo sale distinto de lo esperado. Y eso no es una herramienta. Eso es otra persona.
Y en ese punto, la conversación deja de ser tecnológica y se vuelve casi filosófica, porque no estamos hablando de mejorar procesos. Estamos hablando de transferir responsabilidad. Y sospecho que aunque eso fuera posible, no querríamos realmente lo que pensamos que queremos, porque lo que queremos en realidad no es libertad sino alivio, y el alivio y la libertad tampoco son lo mismo. Pero eso ya sería otro post.
Si hablamos del ámbito corporativo y de los procesos productivos, me gustaría hacer una equivalencia con una película. Cuando grabas una película, registras todo: los movimientos, los diálogos, el orden de los eventos. Puedes reproducirla mil veces y siempre va a ser igual. No hay adaptación, no hay respuesta a lo inesperado, porque lo inesperado no existe dentro de la película, ya fue grabado, ya fue contenido, ya fue controlado. Ahora imaginemos que diseñamos un proceso con IA tan perfecto que no necesita ningún input humano en ningún punto. Lo que obtendríamos sería exactamente eso: una película. Algo que puede repetirse, pero que no puede adaptarse. Algo que funciona perfectamente dentro de sus límites, pero que en el momento en que algo sale de esos límites se rompe, porque no tiene manera de procesar lo que no estaba en el guión.
Y el mundo real siempre, siempre, tiene algo que no estaba en el guión.
Entonces, ¿qué sí podemos esperar de la IA? Imaginemos que hoy amanecemos con ganas de entender cómo funciona un cohete espacial. No tenemos formación en ingeniería aeroespacial, no conocemos a nadie que trabaje en ese campo. Le preguntamos a la IA y en segundos tenemos una explicación adaptada exactamente a nuestro nivel. Luego preguntamos qué haría falta para construir uno, y nos da los pasos. Preguntamos qué pasa si no tenemos el expertise, y nos da opciones reales: estudiar, contratar a alguien, comprar algo ya hecho. Elegimos una, y la IA abre el siguiente nivel: escuelas, requisitos, empresas, precios, comparativas. Lo que acaba de pasar es que colapsamos semanas de investigación en unas horas. Lo que antes dependía de a quién conocías, dónde habías estudiado o cuánto tiempo tenías para buscar, ahora depende únicamente de saber hacer una pregunta.
Pero hay que notar lo que no pasó: la IA no eligió por nosotros. No evaluó nuestra situación financiera, nuestros tiempos, nuestras prioridades. Nos dio las opciones más completas que jamás hubiéramos podido reunir en ese tiempo, pero el momento en que dijimos esto sí y aquello no, ese fue nuestro. La IA nos da información. Nosotros tomamos las decisiones. Eso es la relación.
Hay gente que ya lleva años pensando así, que aprendió a evaluar una herramienta nueva no por lo que promete sino por lo que hace dentro de un proceso real. Y hay gente que recibe esa misma conversación desde otro lugar, sin ese contexto, y lo primero que llega no es la comprensión sino la expectativa. El problema no es la tecnología. El problema es que la expectativa llegó sola, sin el entendimiento que debería venir con ella.
Hay una última cosa que quiero decir, y es quizás la más incómoda.
El miedo a la IA y el entusiasmo desmedido por la IA tienen algo en común que es más revelador de nosotros que de la tecnología: los dos fantasean con una versión en la que no tenemos que estar. El uno porque nos quita, el otro porque nos libera. Pero la pregunta que ninguno de los dos está haciendo es más básica y más difícil que cualquier debate sobre automatización: ¿qué queremos hacer nosotros, exactamente, con el tiempo y la energía que una herramienta más eficiente nos devuelve?
Porque la IA puede optimizar un proceso que odiamos. No puede decirnos por qué lo odiamos. Puede darnos cinco opciones para llegar a un objetivo. No puede decirnos si ese objetivo todavía nos importa. Puede hacer más rápido lo que ya sabemos hacer. No puede hacer por nosotros el trabajo de saber qué queremos hacer.
Y esa parte, la más humana y la más incómoda, sigue siendo completamente nuestra.

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