La cultura del sacrificio permanente
¿Por qué el bienestar ajeno se volvió sospechoso y el sufrimiento, una credencial moral?
Tengo una vida cómoda.
Fui cuidada. Mi familia está viva. No pasé hambre. No crecí en la intemperie emocional ni material.
Sé que eso es un privilegio.
Lo que no entiendo es desde cuándo reconocerlo implica justificar mi existencia o vivir con culpa.
En algún punto, el discurso público empezó a deslizar una idea inquietante: que una vida cuidada es sospechosa, que el bienestar necesita explicarse, que la comodidad deslegitima la experiencia. Como si no haber sufrido de cierta manera te volviera menos lúcido, menos válido, menos autorizado para hablar de la vida.
No estoy negando la desigualdad.
No estoy diciendo que el privilegio no exista ni que no importe. Existe, importa y estructura el mundo.
Lo que cuestiono es otra cosa.
Cuestiono el salto —rápido, emocional y poco pensado— que convierte el bienestar en una falta moral. La idea de que vivir mejor es, por definición, una deuda.
Ahí es donde algo se rompe.
La cultura del sacrificio permanente necesita avergonzar al bienestar para no cuestionar sus propias decisiones. Porque si acepta que alguien puede vivir bien sin haber atravesado el mismo dolor, entonces el sacrificio deja de ser la única vía legítima de valor.
Y eso incomoda.
El problema no es el esfuerzo.
No es el trabajo.
No es la renuncia consciente.
El problema aparece cuando el sacrificio deja de ser un medio para mejorar la vida y se convierte en una identidad. Cuando ya no sirve para construir algo mejor, sino para sostener un relato: valgo porque me dolió.
En ese punto, el sufrimiento se transforma en capital simbólico. Otorga autoridad moral. Funciona como credencial. Y toda credencial necesita jerarquía.
Por eso el bienestar ajeno no se lee como contexto, sino como ofensa.
No todo sacrificio ennoblece.
No todo dolor profundiza.
Y no toda precariedad —elegida o heredada— produce sabiduría.
Lo que sí produce resentimiento es vivir desde una identidad que necesita que otros sufran también para no desmoronarse.
De ahí surge la invalidación.
La burla.
El juicio automático.
No siempre como maldad consciente, sino como mecanismo de defensa: si acepto que para ti es posible vivir así, tengo que enfrentar que yo elegí distinto, o que no supe —o no quise— hacer otra cosa con lo que tuve.
Es más fácil deslegitimar al otro que revisar la propia historia.
Conviene decirlo con claridad: que no todos puedan acceder al bienestar no convierte al bienestar en un error moral. La desigualdad no se combate convirtiendo la vida cuidada en algo vergonzante, ni infantilizando a los adultos al negarles agencia sobre sus decisiones.
Reconocer un privilegio no implica vivir pidiendo perdón por él. Implica responsabilidad, no culpa. Conciencia, no autocastigo.
La responsabilidad ética no nace de la vergüenza. Nace de la educación, del vínculo y de la posibilidad real de elección. Avergonzar a quien vive mejor no lo vuelve más justo; solo lo vuelve defensivo o indiferente.
Algo similar ocurre cuando se exige que un tercero —el sistema, el Estado, “los que tienen”— resuelva todo, sin reconocer que también existen decisiones personales, modelos de vida distintos y costos asociados a cada elección. No todas las formas de trabajo, de riesgo o de libertad producen las mismas condiciones, y pretender que así sea no es justicia: es negación de la realidad.
La familia, en este sentido, rompe uno de los mitos más persistentes del sacrificio eterno. Que cada generación viva mejor que la anterior no es corrupción moral; es función básica. El sacrificio tiene sentido cuando es transitorio, cuando apunta a aliviar la vida de alguien más después.
El sacrificio que no busca mejorar nada deja de ser virtud y se vuelve relato.
Tal vez el problema no es que algunos vivan mejor, sino que hemos confundido conciencia social con culpa permanente, y justicia con resentimiento.
Tal vez el verdadero desafío no es bajar a otros a nuestro dolor, sino preguntarnos qué estamos haciendo —o dejando de hacer— con las posibilidades que sí tenemos.
Una vida cuidada no es el problema.
El problema es no saber qué hacer con ella.


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