Herejía, poder, critica política y posesiones demoniacas
No era demonio ni fe: era una crítica al sistema.
En el siglo XVII, una monja siciliana escribió un texto que durante siglos fue leído como prueba de posesión demoníaca. Hoy, fragmentos de ese manuscrito —descifrados parcialmente con herramientas lingüísticas modernas— siguen incomodando, no tanto por lo que dicen sobre Dios, sino por lo que revelan sobre el poder.
Tal vez el error ha sido insistir en leerlo como un texto religioso.
Tal vez nunca lo fue.
Quién era la monja y qué es la carta?
Isabella Tomassi, conocida en la vida religiosa como Maria Crocifissa della Concezione, vivió en el siglo XVII en el convento benedictino de Palma di Montechiaro, Sicilia. Según los registros de la época, una noche de 1676 fue encontrada en su celda con el rostro manchado de tinta y una carta escrita en un idioma incomprensible.El manuscrito combinaba símbolos, alfabetos y fragmentos de distintas lenguas —latín, griego antiguo, hebreo, árabe y signos inventados— lo que reforzó la idea de una intervención sobrenatural. Durante siglos, la carta fue conservada como una curiosidad religiosa, un testimonio del combate entre Dios y el diablo.
Hasta que, en 2017, investigadores italianos lograron descifrar parcialmente el texto utilizando software de análisis lingüístico.
Y lo que apareció no fue un elogio al mal, sino algo mucho más incómodo.
Pero… ¿Qué dice realmente la carta? Algunos de los fragmentos interpretados dicen:
> “Dios piensa que puede liberar a
los mortales.
> El sistema funciona para nadie.
> Dios y los santos son inventos humanos.
> Dios es una invención humana.”
Y en otro punto:
> “El sistema religioso oprime.
> El poder divino no existe.
> El hombre se creó a sí mismo.”
Y si el problema es precisamente leerla solo como religión?
Leer este texto como una simple negación de Dios nos deja en la superficie. Reduce el conflicto a un eje pobre: Dios vs. Diablo, fe vs. herejía. Pero esa lectura ignora algo fundamental: el contexto histórico.
En el siglo XVII, religión y política no eran esferas separadas. La Iglesia no acompañaba al poder: era el poder.
* Legislaba cuerpos
* Definía la moral
* Regulaba el deseo
* Determinaba qué podía decirse y qué no
* Decidía quién tenía voz y quién debía callar
No existía la crítica política secular. No había columnas de opinión, ni filosofía pública, ni disidencia “laica”. Toda crítica al orden tenía que expresarse en lenguaje religioso, porque no había otro idioma legítimo.
En ese contexto, cuestionar a Dios no era solo teología: era subversión política. Si leemos la carta desde esta premisa, ocurre un desplazamiento importante:
“Dios” deja de ser una entidad metafísica y pasa a ser un **significante del sistema que promete liberación pero no la cumple**.
Cuando la carta dice:
“El sistema funciona para nadie” ya no estamos hablando de fe.Estamos hablando de estructura. De una institución que se legitima a sí misma prometiendo sentido, salvación y orden, pero que en la práctica no libera a nadie. Eso no es una crisis espiritual. Es un diagnóstico político.
¿Y la posesión demoníaca? Aquí surge una pregunta incómoda:
¿y si la posesión no fue la causa del texto, sino su **coartada**?
La figura de la posesión cumplía varias funciones clave:
* Permitía decir lo indecible (“no lo dijo ella, lo dijo el demonio”)
* Desplazaba la responsabilidad del sujeto
* Evitaba que el texto fuera leído como herejía consciente (castigable con la muerte)
En otras palabras: la posesión era un dispositivo de enunciación. No necesariamente un fenómeno sobrenatural, sino la única máscara disponible para articular una crítica radical al sistema sin ser aniquilada.
La carta no propone una alternativa. No promete iluminación. No ofrece una nueva doctrina. Solo señala algo brutal:
> el edificio entero es falso
> y esa falsedad no garantiza liberación alguna
Hoy estamos acostumbrados a pensar que “despertar” equivale a liberarse. Que toda crítica debe desembocar en una nueva luz: conciencia, fuente, energía, unidad.
Este texto no hace eso. Y eso incomoda. Porque nos obliga a aceptar que puede existir lucidez sin redención, claridad sin consuelo, verdad sin salida inmediata.
De la herejía a la política.
No una política de propuestas o reformas, sino una política de desmontaje:
* deslegitima la autoridad
* expone la promesa vacía
* revela que el orden se sostiene en símbolos que ya no producen fruto
En su tiempo, eso solo podía decirse como “posesión”. Hoy podemos llamarlo por su nombre. Tal vez por eso sigue incomodando, no porque “supiera lo que ahora sabemos”, sino porque se atrevió a decir lo que su tiempo no podía procesar.
No abrió un camino.
No fundó una escuela.
No dejó un sistema nuevo.
Solo dejó una grieta.
Y a veces, eso es lo único que la verdad puede hacer.


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